El mechero de Dupont

Todo empezó con el mechero Dupont. 
Había leído sobre él en algún lado, probablemente en algún Vogue de la peluquería. Ella era una “fashionista” por supuesto, pero no veía ningún sentido en gastarse 10 euros mensuales en revistas. Compraba la Elle a veces y muy de vez en cuando el Vogue, porque claro, era Vogue y había que leerlo, o al menos decir que se leía. 
 El mechero había llamado su atención en el momento, pero lo había dejado aparcado en su memoria hasta esa tarde. No sabía por qué pero no había dejado de fantasear con él. Se trataba de un sencillo encendedor de oro ligeramente rosado con un efecto granulado. Resultaba gracioso porque ella no fumaba, pero aún y todo lo quería. Estaba convencida de que su vida sería mejor que ese mechero. ¡Tenía que serlo! 
 Juguetearía con él mientras al tiempo que miraría a su interlocutor de forma enigmática. Como las protagonistas de las películas francesas de los años 70. Le encantaban esas películas, con sus vestiditos y su colorines. Por supuesto no había visto ninguna de esas películas entera, pero era normal, se excusaba con ella misma: resultaban un aburrimiento. Le gustaba pensar que esas películas no estaban hechas para ser vistas como otras películas, eran películas “inspiracionales” como decía a sus amigas, a las que tachaba de incultas.
 Siguiendo esa línea de pensamiento, acabó en Paris. Pensó en lo estupendo que sería pasearse con un abrigo beige, su mechero y unas enormes gafas de sol mientras comía un croissant. No había oído hablar de los macarons, de haberlo sabido, los hubiese cambiado por el croissant. Había llamado a su “cari” y le había sugerido que se fueran a Paris un fin de semana. Sería tan romántico... Tanto arte, tanta belleza y romanticismo. Bueno, no irían a los museos porque a fin de cuentas, ahí solo disfrutaban los intelectuales, y ellos se aburrirían entre tantos cuadros y esculturas rotas. A Louvre si que irían, para sacarse una foto delante de la pirámide de cristal donde se rodó El código DaVinci, pero sin entrar.
 Para comer, se conformarían con algún MacDonalds, ya que, al final, una hamburguesa era mucho más comida que la “comida elegante” y sobre todo, más barato.Tendrían que ir a la torre Eiffel, para sacarse fotos con su “cari” y podérselas enseñar a sus amigas. Le convencería para que le comprara una rosa y así sería más romántico aún. Siguió pensando que, si ponía las fotos en blanco y negro, saldrían mucho más “parisinas”.Después se sentarían en un café típicamente francés y pediría un café mientras sacaba el mechero del bolso. Puede que incluso la confundieran con una auténtica francesa. Aunque eso sí, esperaba que el camarero supiera hablar español, porque tanto ella como su “cari” andaban algo justos de idiomas. A lo sumo un poco de andaluz o español con acento catalán para cuando iban a Barcelona. Tenían mundo, pero no tanto. 
 Sí, un mechero Dupont le cambiaba la vida a una chica. Aunque ella no se gastaría ni loca los doscientos euros que costaba. Seguro que en esa tienda donde había encontrado esa cartera de Louis Vuitton tan ideal, encontraba algo parecido.

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7 comentarios:

dijo...

Muy bueno y luego colgaría las fotos en blanco y negro que le hizo su cari en su egoblog supongo.

dijo...

Alexa: No la veo yo muy de egoblog. Como mucho el Tuenti.

dijo...

¿lo has escrito tú, Alphonse?

dijo...

Nene, no me extraña que asocies el turquesa con los noventa, a mí me sucede lo mismo. Yo estoy obsesionado con ese color, turquesa, azules que quieren ser verdes, verdes que quieren ser azules... llevo unos meses que es como si todo lo viera en estos tonos.

dijo...

Sr Q: Si, lo he escrito yo, ¿por? Los noventa están volviendo y no me hace ninguna gracia. Fueron una época de tops turquesa y pantalones feos.

dijo...

Me ha gustado mucho el post... te ha faltado una mención a las redes sociales que ella colgaría... en blanco y negro, por supuesto! ;)
Un saludo,
ERTL and COHN

dijo...

A esta chica le encanta sexo en nueva york, la foto de Audrey con el cigarrillo y llevar Ray-Ban 4 tallas grandes.